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Una rosa amarilla para Catalina Lasa

 

Catalina Lasa y Juan Pedro Baró

Por: Mariluz Samper/profesora instructora de Literatura en la Casa de Cultura de Plaza

Caminar por la hermosa avenida Paseo de El Vedado, prepara favorablemente el espíritu del transeúnte para comprender las travesuras de Cupido que, culpando a su extravío, disparó sus flechas directo al corazón de Catalina Lasa del Río y de Juan Pedro Baró.


Atrevióse el Dios a bajar del Olimpo a desafiar las leyes humanas. De inmediato, con el índice levantado, dictó sentencia para los flechados.


¿Qué importa si fue en un salón del elegante París, o en la romántica Habana del siglo XIX, donde se conocieron los amantes?


Lo cierto es que Catalina estaba casada con Pedro Luis Estévez y Abreu, hijo de un importante político y de una respetada y filantrópica dama: Martha Abreu.


La boda había tenido lugar a finales de 1898 en Tampa por encontrarse Cuba en los fragores de la Guerra de Independencia.


Pero una vez terminada la contienda regresan a Cuba y se establecen en La Habana.


En uno de esos aristocráticos salones, donde se organizaban exclusivos bailes, fueron presentados.


A partir de entonces la razón de sus corazones se negó a escuchar a la RAZÓN.


No hubo obstáculo, por sensible que fuese, que se interpusiera a la realización del reprobado amor: ¡ Decidieron enfrentar al mundo!


Cuba era uno de los países de América que más se oponía al divorcio.


Por tanto, el ofendido esposo se niega, apoyado por la "sociedad", a darle la separación circunstancial a Catalina por lo civil.


Se dice que para esa época Juan Pedro había enviudado.


Los amantes, ante el repudio general y la acusación de bigamia que se le imputaba a Catalina, parten para Francia donde viven muy felices rodeados de lujo.


Allí pudieron casarse porque las leyes francesas no contemplaron vigente al matrimonio anterior.


No obstante, para que su amor fuese impoluto, decidieron ir al Vaticano e implorarle al Sumo Pontífice, el Papa Benedicto XV, que absolviera el matrimonio de Catalina. 


Como hecho único, sin precedentes, el Papa bendijo aquel denostado amor, conmovido ante la sinceridad del mismo. 


En 1917, el presidente Mario García Menocal firmó la Ley de Divorcio en Cuba. Sólo así Catalina y Juan Pedro pueden regresar libremente a Cuba. 


Se cuenta que fueron recibidos en un banquete en el Palacio Presidencial lo que les abrió las puertas de los mojigatos e hipócritas capitalinos de la alta sociedad a la cual pertenecían. 

Fachada de la mansión en la actualidad. Foto: Erick Carrazana

Alrededor del año 1919 se cavaron los primeros cimientos de un maravilloso nido de amor, proyectado por los célebres arquitectos de la época Evelio Govantes y Félix Cabarrocas.


En 1926 ya se alzaba majestuosa, en Paseo No. 406 entre 17 y 19, la más bella casa de toda La Habana y, al decir de muchos, de toda Cuba.


Entre sus paredes se refugiaba el amor más vilipendiado pero también el  que más envidia provocó en la época ¿Ya no?


Era un confortable recinto amoroso, con todos los adelantos sanitarios de la época, inspirado, en sus formas exteriores, en el estilo del Renacimiento italiano,  dotado de un esplendor increíble, mezcla de Art Decó y figuraciones del Arte Egipcio, que provocan un ambiente idílico en perfecta armonía con el amor. 


El día de la inauguración del inmueble, el flamante esposo anunció que serían obsequiados, como atracción, con valiosos presentes, todos los invitados y que la dueña de la casa estaría gustosa de recibirlos.


En la senda de la entrada fueron colocados cientos de tulipanes importados.


Jardín interior

Pero lo que más atractivo natural ofreció fue el  jardín, en el que trabajaron los mejores floricultores de la jardinería "El Fénix" que tenían el encargo de crear una rosa única que se llamara como la bella dueña del palacete. 


Todo aquel derroche de lujos no sirvió para conservar la salud de Catalina y a los cuatro años de inaugurada la casa tuvieron que marchar de nuevo a Francia para buscar, inútilmente, la cura para ella.


Loco de amor y profundo pesar, Juan Pedro vio partir a Catalina un día gris de 1930. Su cuerpo fue embalsamado hasta que pudo ser depositado en el panteón familiar en el centro de la Necrópolis de Colón.


La parcela costó 2 mil pesos pero los gastos de la construcción de la bóveda superaron el medio millón.


Fue diseñada de forma tal que siempre le diese la luz y el reflejo de las rosas de los cristales, émulo indiscutible del Taj Mahal.


Diez años después muere el amante esposo pero antes de hacerlo hubo de pedir dos cosas: que lo enterraran a los pies de ella, para velar su sueño eterno, y que una vez hecho eso se tapiara la entrada, para evitar la profanación de las tumbas. 


Cuentan que después de muerta Catalina apareció en el jardín de la casa una hermosísima rosa amarilla, con pétalos grandes y puntiagudos, justo como ella la pidió.


¿Es vergonzoso ese amor? ¿Fue Eros su verdugo? O, como dijera Fiodor Dostoievki: "Lo que se ha hace por amor está más allá del bien y del mal". 


Lo cierto es que Cristo, además del perdón, nos enseñó a romper con cánones y leyes humanas.


También dijo: "Quien esté libre de culpas que lance la primera piedra". 


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